| Eclipse Lunar del Solsticio de Invierno |
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| Escrito por Herael |
| Lunes 27 de Diciembre de 2010 12:37 |
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El valle es pequeño, acaso se extiende hasta unos 300 metros de longitud, rodeado por varios montes que parecen píramides casi perfectas a primera vista y en realidad son salidas volcánicas laterales del Xocotepetl. Una pequeña laguna se situa al sur de la cabaña donde nos instalamos, cuyo nivel de agua es bajo en esta época, debido al seco invierno. El día trascurrió tranquilamente, acaso la fiesta campirana de los profesores de alguna localidad cercana rompía el silencio con la música y el barullo. Mientras tanto subimos el cerro a cuyas faldas se encontraba nuestra cabaña. La cumbre de ese pequeño monte, es un círculo plano, rodeado de robles y alguno que otro encino, en el centro las hierbas muertas por el frío invierno esperan terminar de secarse para que sus semillas renazcan en primavera. Bajando unos pocos metros al sureste, encontramos una roca volada sobre el monte, desde la cual se podía observar el valle y los montes vecinos, y más atrás la gran montaña: el Xocotepetl. Nos quedamos observando el espectáculo natural, meditando y disfrutando de los sonidos del lugar, durante largo rato; tras el cual emprendimos el descenso. Finalmente al caer el Sol, después de las 6:00 de la tarde, el valle quedó en silencio y solitario. Nos preparamos entonces para la larga noche que nos esperaba. A las 19:00 horas ya se sentía el frío, la temperatura estaba como a unos 8°C y tras los últimos momentos de luz, el lugar se comenzaba a poblar de las criaturas nocturnas, el chillido de un múrcielago comenzó el desfile nocturno de entidades que nos visitarían esa noche. La Luna salió puntualmente y aunque estaba presente desde la puesta del Sol, no fue sino hasta cerca de las 20:00 horas que iluminaba totalmente el valle, descubriéndose de entre los árboles de oriente. Después de una tibia ducha, rematada por un baño de romero previamente preparado, alistamos los últimos detalles dentro de la cabaña. A las 21:30 horas ya nos encontrabamos en el valle, las escasas luces artificiales de los faroles situados cerca de las cabañas, se apagaron, quedándonos con tan solo con el faro plateado de la Luna. El clima era de calma, no soplaba viento en ninguna dirección, sin embargo la temperatura ya oscilaba entre los 6°C y 5°C. Alrededor de las 22:00 horas creamos una esfera mágica, e invocamos a las fuerzas elementales, al mismo tiempo que encendiamos la fogata que nos mantendría durante el rato que estuviesemos ahí. Las invocaciones en anglosajón retumbaban y se perdían en la inmensidad del bosque. Mientras el tiempo trascurría su marcha, el viento comenzó a soplar desde el noreste, la temperatura entonces empezó a descender aún más, al mismo tiempo que un par de aves nocturnas se escuchaban muy cerca de nosotros, al principio creímos que eran lechuzas, pero más adelante nos enteraríamos que eran un par de mochuelos cazando en la laguna. Un par de perros hembra nos acompañaban en aquel lugar, y se ofrecieron a servir de guardianes durante toda esa noche. En aquel valle eramos tan solo tres seres humanos y dos amigas cuadrúpedas. La Luna se elevaba ya cerca del cenit alrededor de la hora cero, y apenas se podía distinguir una pequeña sombra en su parte oriental. Al norte, entre los abundantes robles que ahí habitan, alguien notó un par de luces, unas pequeñas esferas color plateado se encontraban entre un gran roble, sin embargo no se podía distinguir exactamente su origen. Utilizando los binoculares, lo único que se notaba entre la espesura, era un par de luces plateadas en la copa de un roble, y las ramas simulaban un par de cuernos de aquella cara, cuya única facción visible eran esas dos esferas de luz. Esa visión se mantuvo durante el tiempo que estuvo la Luna brillando.
A las 00:30 horas, ya del día 21 según el calendario gregoriano, la sombra comenzó a “comerse” a la Gran Madre. Los chapoteos en la laguna se intensificaron, pero ya no distinguíamos si eran los peces, los mochuelos o algún pato trasnochado que nadaba. A la 1:00 de la madrugada ya la mitad de la Luna se encontraba en sombras, y a medida que la oscuridad avanzaba devorando al plateado disco, más estrellas fueron apareciendo en el firmamento, como revelándose y haciendo presencia en la trasmutación que sufría la Gran Madre. A las 1:15 horas la oscuridad ya había caído casi completamente encima de nosotros, el viento soplaba de vez en vez, y ahora estabamos cerca de los 0°C. La vía lactea se había revelado por completo y atravesaba el cielo de sureste a noroeste, ya no se podía distinguir ningún detalle del valle con la escasa luz que aún proyectaba la Dama plateada, y el par de ojos que nos vigilaba entre el robledal también había desaparecido. Nuestras guardianas, ladraban y gruñian de vez en cuando, como ahuyentando a algún otro animal o entidad que osará entrara en aquel lugar. Llegó la 1:25 de la madrugada, y la Gran Madre se encontraba ensangrentada, tan solo un anillo resplandeciente con un diamante que apuntaba al oeste quedaba de ella, anunciando la oscuridad total. Con ayuda de los binoculares pudimos observar nítidamente la nebulosa de Orión, se reveló ante nuestros ojos el cúmulo de estrellas, como un mancha borrada en la daga del Cazador.
A 1:33 la Luna quedó totalmente envuelta en el manto rojo-marrón del reflejo atmosférico de la Tierra, al mismo tiempo, nuestra fogata se apagó, tan solo quedando brasas ardientes, como si ella misma fuera el reflejo de la esfera que veíamos en el cielo. Nadie sin embargo nos atrevimos a reavivar el fuego, por respeto a no irrumpir la oscuridad que nos cubría. El silencio se hizo entonces presente, ni los sonidos lejanos de la carretera se oían más. Tras realizar nuestra ofrenda ante la muerte de la Gran Diosa, nos quedamos meditando un momento, envueltos en nuestras capuchas negras; sintiendo la calma, el silencio y el frío, dejándonos abrazar también por ese instante de muerte y oscuridad. Notamos entonces una figura muy conocida en el cielo, las estrellas de: 1 Geminorum, Chi1 Orionis, Zeta Tauri, 125 Tauri y 136 Tauri encerraban a la Luna eclipsada en un patrón, uniéndo las estrellas como puntos de un diario, un pentagrama perfecto surgía. Igualmente en este momento la intensidad de las estrellas fugaces aumentó, los bólidos pasaban por el firmamento, como fuegos naturales, especialmente en las regiones de las constelaciones de Orión y Géminis.
El tiempo pasó y empezamos a temblar un poco de frío, la temperatura descendió entonces bajo cero un par de grados celsius, el vaho de nuestra respiración salía en cada suspiro, aventando hacia aquel negro vacio todo lo que ya no era benéfico dentro de nosotros. Incluso la lana de la túnica mostraba un frío inusual y mis cabellos empezarón a endurecerse, como si fuesen hilos de plata helada. A las 2:20 horas, en medio de aquella oscuridad, algo rompió el silencio, de entre los montes cercanos salía un aullido, helándo más aún el ambiente. Tres veces aquel coyote (que los lugareños nos habían advertido que a veces bajaba hasta el valle), lanzó su aullido; tan cerca se escuchaba como si estuviera junto a nosotros, y a la vez se oía por todo el valle, como si estuviera presente en todos los lugares al mismo tiempo.
Las brasas ardientes de la fogata cada vez se extinguían más, pero nuevamente nadie nos atrevimos a interrumpir aquella trasmutación mágica de la Diosa. Finalmente a las 2:50 horas, por la parte oriental, la luz volvió a nacer de la Luna, y comenzó a llenarla de nuevo. La Diosa había salido triunfante de la oscuridad y ante aquella señal de la victoria sobre la muerte, reavivamos el fuego, que al contacto con los leños y avivándolo con nuestro aliento, renació igualmente. Poco a poco el silencio fue desapareciendo, nuestras guardianas ahora más inquietas ladraban y gruñian más cada vez. Entonces, y como celebración de aquel renacimiento lunar, compartimos el vino y el pan, recibiendo la bendición del alimento en aquella oscuridad tan penetrante, invitando al Dios a brindar y comer con nosotros. Las esferas de luz del robledal sin embargo no volvieron con la luz de Luna y se quedaron como un misterio más que la oscuridad se llevó. Nuestras hermanas peludas se calmaron y ya no perseguían a ninguna sombra, animal o entidad que hubiese en el valle, la tranquilidad había regresado con la luz de Luna. Ya con alimento en nuestros estómagos y volviendo a ver que la luz inundaba el valle, a las 4:15 horas despedimos a las fuerzas elementales y abrimos aquella esfera mágica para regresar a la cabaña. El camino de regreso nos mostró que el ambiente era más frío aún de lo que habiamos sentido en aquella espera, el cambio de temperatura fué muy notorio. Encendimos la chimenea ya dentro de la cabaña y el calor pronto cambio la atmósfera, permitiéndonos descansar, renovados totalmente y listos para recibir el renaciemiento del Dios Sol ese mismo día al atardecer. |
| Última actualización el Martes 28 de Diciembre de 2010 11:48 |














Gracias por ser parte de mi vida!
Genial descripción!
Saludos